EL RITUAL DEL AMOR Y EL MITO DE LA POESÍA (*)
Palabra en Pie - Gabriel Cisneros desde los otros
Aníbal Fernando Bonilla F.
La poesía es un simulacro de advertencias humanas derritiéndose en el blanco papel de las ilusiones perennes. La poesía conjuga el desgarramiento de la vida con todas sus dificultades y consecuciones. La poesía dignifica al hombre, como el ser dispuesto a entregarse sin reparos a la neblina de la desolación.
Gabriel Cisneros Abedrabbo acaba de publicar su primera prueba de fuego: “Ceremonias de Amor y Otros Rituales” (CCE - Núcleo de Chimborazo, 1999).
Este poemario intenta descubrir a un escritor preocupado por referentes bíblicos versificados sin temor en los alrededores de la blasfemia: “Dios es bisexual/ piano y caracola/ luz que se entrega/ en la comunión/ de dos cuerpos/ desafiando/ a piedras que gobiernan/ y a hipócritas/ que defienden la vida/ con la muerte”. En este mismo poema existe una aseveración sobre el personaje de la cruz: “Dios es un arquitecto/ que no entiende/ de misiles/ ni política/ Nunca le ha hecho falta”.
Existe un trabajo serio en la inclusión de viejos tabúes religiosos. Las imágenes son reliquias guardadas en el templo donde se bebe el agua bendecida por temor al silencio.
El sentido amatorio crece con la humedad de las sábanas: “Mujer en tu sexo/ florece el asesino/ contundente/ del poeta”. El amor es el arma letal donde se almacena la nostalgia: “El amor/ labriego de aviones/ en el páramo/ de mis ojos tristes/ y a veces lejanos”.
El amor convoca a una desenfrenada conducta humana, donde todo vale hasta que el crepúsculo anuncia una nueva locura cotidiana. El sexo es la invocación de dioses escondidos en el guardarropa de la mojigatería social.
Cisneros arremete con puñaladas que erizan la piel pecadora: “Quisiera ser infierno/ para sentirte arder en mí/ cuando mueras”. La relación de pareja conduce a una cavilación sincera, donde la seducción es una paradoja del hastío.
La muerte ronda como una sombra de la realidad entre los labios salados de la mujer anónima y la desnudez del autor: “…me cuestiono/ si el muerto soy yo/ o tal vez todos somos/ una huella imperfecta/ de una muerte muy grande”.
Los pétalos se deshojan con el rezo peregrino del lector. Los versos se confabulan para derramar lágrimas en el rostro añejo de la luna. La piel del árbol es mancillada por la fugacidad de la tinta negra.
“Ceremonias de Amor y Otros Rituales” contiene la oración necesaria para resucitar de entre los vivos. Amén.
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(*) Tomado de “Quimeras de Papel en el Umbral de la Soledad”, CCE-Núcleo de Imbabura, Ibarra, 2007
Gabriel Cisneros Abedrabbo acaba de publicar su primera prueba de fuego: “Ceremonias de Amor y Otros Rituales” (CCE - Núcleo de Chimborazo, 1999).
Este poemario intenta descubrir a un escritor preocupado por referentes bíblicos versificados sin temor en los alrededores de la blasfemia: “Dios es bisexual/ piano y caracola/ luz que se entrega/ en la comunión/ de dos cuerpos/ desafiando/ a piedras que gobiernan/ y a hipócritas/ que defienden la vida/ con la muerte”. En este mismo poema existe una aseveración sobre el personaje de la cruz: “Dios es un arquitecto/ que no entiende/ de misiles/ ni política/ Nunca le ha hecho falta”.
Existe un trabajo serio en la inclusión de viejos tabúes religiosos. Las imágenes son reliquias guardadas en el templo donde se bebe el agua bendecida por temor al silencio.
El sentido amatorio crece con la humedad de las sábanas: “Mujer en tu sexo/ florece el asesino/ contundente/ del poeta”. El amor es el arma letal donde se almacena la nostalgia: “El amor/ labriego de aviones/ en el páramo/ de mis ojos tristes/ y a veces lejanos”.
El amor convoca a una desenfrenada conducta humana, donde todo vale hasta que el crepúsculo anuncia una nueva locura cotidiana. El sexo es la invocación de dioses escondidos en el guardarropa de la mojigatería social.
Cisneros arremete con puñaladas que erizan la piel pecadora: “Quisiera ser infierno/ para sentirte arder en mí/ cuando mueras”. La relación de pareja conduce a una cavilación sincera, donde la seducción es una paradoja del hastío.
La muerte ronda como una sombra de la realidad entre los labios salados de la mujer anónima y la desnudez del autor: “…me cuestiono/ si el muerto soy yo/ o tal vez todos somos/ una huella imperfecta/ de una muerte muy grande”.
Los pétalos se deshojan con el rezo peregrino del lector. Los versos se confabulan para derramar lágrimas en el rostro añejo de la luna. La piel del árbol es mancillada por la fugacidad de la tinta negra.
“Ceremonias de Amor y Otros Rituales” contiene la oración necesaria para resucitar de entre los vivos. Amén.
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(*) Tomado de “Quimeras de Papel en el Umbral de la Soledad”, CCE-Núcleo de Imbabura, Ibarra, 2007
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