Olimpo Cárdenas: cantina y puerto del Guayaquil de 1950
Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio
Wilman Ordóñez Iturralde
Desde El rincón de las arañas, Inti, mi pana, chulo, mimo, cabaretero, izquierdoso, borracho y buen amigo, tiene una historia que contar en el puerto de Guayaquil de los años 70. El man, o sea, mi pana, Inti, fue un buceador de serpientes esquineras en los bares rotos de las esquinas chulas del Cristo del Consuelo (barrio de los negritos, harto son, mucha rumba aún). Pero este, el Inti, mi pana, en su momento contará su historia.
Olimpo en la cantina portuario del cincuenta
Es posible que Olimpo Cárdenas haya cantado en los cabarets suroesteños del Cristo del Consuelo. Su música pudo haberse escuchado y bailado en El King del fallecido Walter que quedaba en las calles O´Connors entre Babahoyo y Lizardo García. En El triquimoqui de Babahoyo y Domingo Savio. En El cristal de Domingo Savio y Abel Castillo. En El Barcelona del mulato y buen guitarrista del son Joselito Ibarra. En El culito; El canchón; El verdes palmeras; El tírate al agua; entre otros; que deambulan en el imaginario social del lumpen portuario del Cristo del Consuelo.
Es posible también que Olimpo Cárdenas haya bailado sones con la puta Lourdes (la verraca mulata que le destornilló una tuerca al bacán Julio en el Capitán de Esmeraldas y Gómez Rendón un día de inútil existencia para los amantes).
Todo es posible en un Olimpo Cárdenas iniciador en el Guayaquil-puerto de una forma de tocar la guitarra más próxima al tres sesentero del trío cubano Los Matamoros. ¿Julio cantaba o no como Olimpo? ¿Suena a herejía verdad? Pero los chulos del Cristo del Consuelo dicen que el más bacán entre los dos realmente fue Olimpo.
Hace meses estuve con el Inti y la puta Lourdes (ya vieja pero memoriosa) paseando el Cristo del Consuelo entre etnografías y pajas de media luna. Fuimos a recuperar la memoria, Nadie reconocía a la Lourdes pero todos miraban el culote de papalote que le guinda aún de sus nalgas. Fuimos, y ahí, entre negros cachifas y mariguaneros ambulantes, el gordo Pedro nos contó que todos los bares de la puta Lourdes habían desaparecido.
Lourdes por momentos se quedó idiotizada recordando la tromba que debió armarse en aquellos cachimbos olorosos a sardinas y atunes del bajo mundo del puerto. Casi medieval debió haber sido la orgía dónde Olimpo se pegó su última serenata porteña:
Esta noche tengo ganas de buscarla/de olvidar lo que ha pasado y perdonarla/ya no me importa el que dirán/ni de las cosas que hablarán/total la gente siempre habla.
Inti, sureño, pidió tres bielas (verde, mesero, verde) en un bar cercano donde olía a yerbabuena y cilantro. La puta Lourdes recordaba:
Justo en esa esquina quedaba el Verde palmeras. Ahí, peinadito con brillantina, llegaba mi bello Olimpo. Quien siempre traía dos guitarras y una joven manaba que le guardaba sus enseres en una funda de plástico color marrón. Y pensar que era a mí a quién buscaba. Chupen pelados, ustedes no son más que un par de pelados para mí.
Parecía que el cincuenta volvía a nosotros en su voz ronca que cantaba la música de Olimpo añorando sus putañeras noches de bohemia; la puta cantaba, ¿o gritaba? Daba lo mismo:
Cuando una amor se va/que desesperación/cuando un cariño vuela/nada consuela/mi corazón/dan ganas de llorar/no es fácil olvidar/al querer que se aleja/y que nos deja/sin compasión/no puedo comprender que cosa es el amor/si lo que más quería/el alma mía/me abandonó/pero no hay que llorar/hay que saber perder/porque así pierde un hombre una mujer.
Juma ya, decidimos llevar a la Mulata Lourdes a casa. Inti desapareció. Yo fui a terminar la pesquisa en una rocola cercana. Ahí comprendí lo cierto de las palabras de los chulos y cachifas del Cristo del Consuelo: Olimpo fue más bacán que Julio.
El puerto reventado de azul
Era el cincuenta. Todavía mercadeábamos con otros puertos. El río olía a cáñamo. Los lechugines pasaban moribundos. Llegaban pequeños barcos a los muelles cangrejeros y jaiberos de la orilla del Malecón. Los cargadores apestaban a tabaco de monte. Baja aquí, Sube acá. No te agüeves gil que la vida se te acaba. Decían los muelleros tostados por el surco de un sol incandescente.
Aquí, en los muelles, la música de Olimpo calaba en el mástil de los tabernáculos borrachosos que miraban el río como bruja en escoba voladora.
Hipócrita/sencillamente hipócrita/perversa/te burlaste de mí/con tus labios fatales me emponzoñaste/por ello/me enamoré de ti.
Hoy que recorro las calles de México me encuentro con un disco de Olimpo mordido por el tiempo. El Teatro Blanquita, que hiciera conocer a ese otro bacán como fue Pepe Jaramillo me convida el salero de viejos boleristas que hoy acuden al recuerdo de sus añoradas funciones fuera del sitio. Aquí pude conseguir este disco y preguntar cuanto recuerdan los mexicanos a nuestro cantante porteño Olimpo Cárdenas y uno de ellos, el negro Juan, requintista, dijo que fue tan querido como Julio Jaramillo. Pero, si, pero qué don Juan, porqué ese pero, pero Olimpo era quién cantaba con un timbre de ángel, ese timbre del cual Julio Jaramillo aprendió y depuró con el tiempo.
Cierto don Juan, y sabe, Guayaquil ha olvidado a esta voz de ángel; escuche estos versos, dígame sino los cantaba esta voz de ángel como usted lo llama:
En una noche de luna/taciturna te llama/y en tus ojos mitigaba mis pesares/al pie de tu ventana/soñolienta mi guitarra/enviaba en grave voz /mis lúgubres cantares.
Guayaquil es una diáspora porteña con frágil memoria.
A Guayaquil valdría violarla. Recordarle así que tiene tras de sí una historia rica en cotidianidades. La cultura popular del puerto es cantinera, rocolera, cabaretera en fin. Nuestro puerto es un puerto sin márgenes. Esto hace que Guayaquil siga siendo marítima y bandida. Que siga siendo la ciudad de bailes rumberos y bolerísticos. Para comprender y querer Guayaquil debe comprenderse al puerto como locura y fascinación fisgonera.
Esto sabía bien Olimpo Cárdenas, por ello fácilmente podía entrar y quedarse en otros puertos como Veracruz y Acapulco y dejar irreverente nuestra música de pasillos, valses y guarachas comprimidas. Los mexicanos cantan nuestra música porteña. Soy testigo estos días de lo buen mozo que resultó Olimpo con su peinado de brillantina y esa voz de ángel. Los mexicanos me recuerdan lo porteño de mi cultura.
Inti, la puta Lourdes, los chulos y cachifas del Cristo del Consuelo lo saben. Yo también lo sé. Olimpo Cárdenas: cantina y puerto del Guayaquil de 1950.
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