Córtame la cara si quieres, pero vete, vete, que solo la muerte terminará con mis penas
Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio
Wilman Ordóñez IturraldeAquél bandido que está casi dormido en la mesa de madera le dicen Chupete. Cuentan las putas que el apodo lo ganó por buen amante y asesino. Cuentan también las mujeres que después de matar a quien le era su enemigo, descamisó al muerto y besó su pecho hasta amoratarlo de tanto chupar la herida. Chupete también es buen amante. Dina, la peluquera, cuenta que el bandido les muerde los muslos hasta verdear la carne como si deseara que la amante muestre el morado a quién osara propasarse con su prometida.
La historia de Chupete comienza con un padre Casanova a quién el puerto lo conoció como Esquilmo. Esquilmo fue navegante. Cangrejero. Realizó labores de desembarque en la orilla del Astillero. Esquilmo tuvo varias mujeres. Cuando concluían sus labores Esquilmo iba a la primera casa de chinos que encontrara y compraba opio antes de lanzarse a la carnada de alguna amante clandestina.
A esquilmo uno de sus compañeros lo mató por hijueputa. La madre, Teresa Posada, fue bailarina de cantinas hediondas a mierda. Y Teresa, allí, era la estrella. Algunas fotos que guardo en el álbum de familia está Teresa Posada acompañada de artistas de comedias que anclaban en el puerto en soleadas y húmedas tardes de grillos. Claro, teresa decía que tomarse fotos con artistas que llegaban a actuar en el puerto le servía para amarrar un chivito en el mejor cabaret del Guayaquil de los años cuarenta.
A Teresa, la bailarina, madre de Chupete, la mató la sífilis. El entorno familiar no siempre fue de lo más duradero. Chupete, al ser hijo único, y ver como se trataban sus padres, decidió un día -a los diecisiete años- embarcarse en el barco del europeo Cloe y andar como cocinero de puerto en puerto.
Uno de sus amigos, el Clane, borracho y asaltante, le enseñó a carterear entre el tumulto. Pero fue Eliécer, el maldito Eliécer, quién le enseñó a matar a sangre fría. Chupete suele decir que matar es como faenar. Cosa sencilla para chupete ya que trabajó en el barrio Cuba como camalero.
Ustedes se preguntarán que me trae a relatar la historia de Chupete cuando el hombre casi babeando está sentado en esa mesa de madera demandando cervezas al cantinero y gritando el nombre de Amada, la mulata, a la que todos en el puerto, deseaban hacerle su mujer aunque sea por minutos de servicios.
Y esto me trae. Se trata de Amada. La mulata. La puta que ayer decidió matarse guindándose de la viga en su casa que está ubicada en el Cerro del Carmen, guarida del más elevado lumpen guayaquileño. Supe -por esto de buscar historias de bandidos, chulos y cabaretos del puerto- que Chupete fue el amor de Amada y Amada era su luz y la lumbrera de su vida cuando la policía perseguía a Chupete después de algún asalto o de alguna muerte cantinera.
Pero sucedió lo que Chupete temía cuando decidió embarcarse en el barco del europeo y andar de puerto en puerto cocinando y maldiciendo su destino. Sucede que al retornar Chupete al Puerto donde Amada supuestamente lo esperaba para vivir juntos de por vida -según promesa romántica de muelle-, éste al ingresar contento en su casa del Cerro del Carmen para abrazar a su Amada y decirle que nunca más se iría de su lado y que el dinero hecho lo compartirían, Amada estaba amando otro cuerpo que la tenía atrapada como lazo de perro.
Chupete vio como Amada, y el negro -porque era negro-, cogían y gritaban de gusto. Amada no solo gritaba, casi cantando gemía. Y el negro boquiabierto mugía del deseo. A pesar de ser Chupete bandido, matón y lanza, decidió no callar a los amantes aquel día. Amada, al eyacular abrió sus ojazos de mulata y para sorpresa de ella, ahí, Chupete, viéndola aruñar al negro las espaldas.
El negro saltó y dijo que la mujer lo había invitado. Chupete amenazante sacó un puñal y le dijo al negro que se largara, y a la mujer, a la mulata Amada, le dijo vístete y vete. No vuelvas más por mi casa. La mujer le rogó llorosa que la perdonara y Chupete no, no, vete, solo vete antes que te mate mujerzuela.
Desde entonces cada viajero que atraca en el puerto cuenta una historia diferente de Amada. Pero Amada nunca se fue del puerto. En este puerto ayer se mató la mulata. Quizás, los viajeros, al no querer olvidar a la puta Amada, creían verla paseante por otros puertos.
Me acerqué a Chupete unos minutos. El hombre casi sin prisa, metió su mano cerca de la cintura y sacó el puñal creyendo que lo asaltaría. Le dije Chupete tranquilo solo he venido para contarle que Amada, su Amada, la mulata, ayer se colgó de la viga de su casa y se mató al degüello. Chupete entonces pidió al cantinero otro vaso y sirvió para los dos cervezas. Las últimas palabras del bandido fueron: salud entonces, quien quieras que sea. Y enseguida me dijo que a su Amada le había dicho: córtame la cara si quieres, pero vete, vete, que solo la muerte terminará con mis penas. Chupete tampoco puede relatar su historia, acaba de atravesar su puñal, cortar su corazón, como recordando la faena del barrio Cuba.
La historia de Chupete comienza con un padre Casanova a quién el puerto lo conoció como Esquilmo. Esquilmo fue navegante. Cangrejero. Realizó labores de desembarque en la orilla del Astillero. Esquilmo tuvo varias mujeres. Cuando concluían sus labores Esquilmo iba a la primera casa de chinos que encontrara y compraba opio antes de lanzarse a la carnada de alguna amante clandestina.
A esquilmo uno de sus compañeros lo mató por hijueputa. La madre, Teresa Posada, fue bailarina de cantinas hediondas a mierda. Y Teresa, allí, era la estrella. Algunas fotos que guardo en el álbum de familia está Teresa Posada acompañada de artistas de comedias que anclaban en el puerto en soleadas y húmedas tardes de grillos. Claro, teresa decía que tomarse fotos con artistas que llegaban a actuar en el puerto le servía para amarrar un chivito en el mejor cabaret del Guayaquil de los años cuarenta.
A Teresa, la bailarina, madre de Chupete, la mató la sífilis. El entorno familiar no siempre fue de lo más duradero. Chupete, al ser hijo único, y ver como se trataban sus padres, decidió un día -a los diecisiete años- embarcarse en el barco del europeo Cloe y andar como cocinero de puerto en puerto.
Uno de sus amigos, el Clane, borracho y asaltante, le enseñó a carterear entre el tumulto. Pero fue Eliécer, el maldito Eliécer, quién le enseñó a matar a sangre fría. Chupete suele decir que matar es como faenar. Cosa sencilla para chupete ya que trabajó en el barrio Cuba como camalero.
Ustedes se preguntarán que me trae a relatar la historia de Chupete cuando el hombre casi babeando está sentado en esa mesa de madera demandando cervezas al cantinero y gritando el nombre de Amada, la mulata, a la que todos en el puerto, deseaban hacerle su mujer aunque sea por minutos de servicios.
Y esto me trae. Se trata de Amada. La mulata. La puta que ayer decidió matarse guindándose de la viga en su casa que está ubicada en el Cerro del Carmen, guarida del más elevado lumpen guayaquileño. Supe -por esto de buscar historias de bandidos, chulos y cabaretos del puerto- que Chupete fue el amor de Amada y Amada era su luz y la lumbrera de su vida cuando la policía perseguía a Chupete después de algún asalto o de alguna muerte cantinera.
Pero sucedió lo que Chupete temía cuando decidió embarcarse en el barco del europeo y andar de puerto en puerto cocinando y maldiciendo su destino. Sucede que al retornar Chupete al Puerto donde Amada supuestamente lo esperaba para vivir juntos de por vida -según promesa romántica de muelle-, éste al ingresar contento en su casa del Cerro del Carmen para abrazar a su Amada y decirle que nunca más se iría de su lado y que el dinero hecho lo compartirían, Amada estaba amando otro cuerpo que la tenía atrapada como lazo de perro.
Chupete vio como Amada, y el negro -porque era negro-, cogían y gritaban de gusto. Amada no solo gritaba, casi cantando gemía. Y el negro boquiabierto mugía del deseo. A pesar de ser Chupete bandido, matón y lanza, decidió no callar a los amantes aquel día. Amada, al eyacular abrió sus ojazos de mulata y para sorpresa de ella, ahí, Chupete, viéndola aruñar al negro las espaldas.
El negro saltó y dijo que la mujer lo había invitado. Chupete amenazante sacó un puñal y le dijo al negro que se largara, y a la mujer, a la mulata Amada, le dijo vístete y vete. No vuelvas más por mi casa. La mujer le rogó llorosa que la perdonara y Chupete no, no, vete, solo vete antes que te mate mujerzuela.
Desde entonces cada viajero que atraca en el puerto cuenta una historia diferente de Amada. Pero Amada nunca se fue del puerto. En este puerto ayer se mató la mulata. Quizás, los viajeros, al no querer olvidar a la puta Amada, creían verla paseante por otros puertos.
Me acerqué a Chupete unos minutos. El hombre casi sin prisa, metió su mano cerca de la cintura y sacó el puñal creyendo que lo asaltaría. Le dije Chupete tranquilo solo he venido para contarle que Amada, su Amada, la mulata, ayer se colgó de la viga de su casa y se mató al degüello. Chupete entonces pidió al cantinero otro vaso y sirvió para los dos cervezas. Las últimas palabras del bandido fueron: salud entonces, quien quieras que sea. Y enseguida me dijo que a su Amada le había dicho: córtame la cara si quieres, pero vete, vete, que solo la muerte terminará con mis penas. Chupete tampoco puede relatar su historia, acaba de atravesar su puñal, cortar su corazón, como recordando la faena del barrio Cuba.
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