Folklore y psicoanálisis: Semiología de la cotidianidad en Guayaquil
Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio
Wilman Ordóñez IturraldeSegún Jung, en el inconsciente colectivo estaría la matriz de todos los folklores que el individuo fabrica desde su mundo onírico e imaginario. Es el inconsciente colectivo el soporte de extrañas formaciones y deformaciones que el mundo real califica como invención de la personalidad asumida en relación a las circunstancias. En otras palabras: el mito vendría a ser la invención que el individuo crea a partir de significaciones que lo validan en torno a otros individuos.
¿Como comprobar esto en la semiología de la cotidianidad en Guayaquil? Vayamos al mito de “el gran Guayas y la gran Quil”. Cuenta la leyenda que un día tuvimos un gran guerrero al que denominamos Guayaquile. Este, a su vez, tuvo una princesa a quienes los guayaquilenses la llamaban Quil. Guayas y Quil vivieron -endogámicamente- felices por siempre. Hasta que, -llegó el monstruo-, los españoles, y se ensañaron con su pueblo.
Fue entonces, cuando Guayas y Quil, decidieron morir imaginando que así su raza no desaparecería por completo.
¿Cómo construimos el mito y cuándo desapareció el mito? Muchos piensan que fue a raíz de una incipiente comprensión colectiva del cómo la ciudad de Guayaquil pudo haberse formado; recayendo la invención en los sujetos (indios navegantes) que la habitaron. Mitificando al héroe -o los héroes- que por ella se sacrificaron.
Volviendo a Jung. El individuo se apropia de lo que ve y lo vincula. El inconsciente actúa a partir de referentes primarios que nacieron de una realidad imaginada. Probablemente
-los indios costeños- creyeron que todo lo que sucedía alrededor suyo se manifiesta del sueño que individualizaron.
No obstante, -ser en parte cierto esto-, la semiología de lo cotidiano en Guayaquil, sigue construyendo sus imaginarios, entre el folklore y el psicoanálisis.
¿Cuan pervertidos somos los guayaquileños en el entendimiento de nuestra historia? ¿Por qué deformamos la idea de noción de la realidad con hechos que imaginamos? ¿Será cierto que entre el saber y el análisis de nuestro ser conviven complejos de culpa y una no declarada intención de una superioridad manifiesta? Sensatamente diría que en nosotros todavía habita un pensamiento primitivo (Levy Strauss) no racional del cual usufructúa el más valentón frente al débil.
Muchos casos (modernos) de la política ecuatoriana y los políticos que ostentan el poder concluiría -aunque hipotéticamente- que la mentalidad del ecuatoriano medio, está íntimamente relacionada con el pensamiento primitivo del ser y poseer.
Para la Escuela Finlandesa de Folklore, este, es más antropológico que biológico. Lo que indicaría que Strauss tuvo razón: nada somos sin el mito. Jung por su parte, manifestó que todo lo simbólico está signado en función de lo que el mito crea.
Freud (en la Interpretación de los sueños) dice que el individuo hace de su mundo lo que el sueño le confía. Si queremos ser perversos, somos perversos, si nos nace ser incestuoso, somos incestuosos. Si queremos matar, matamos. Si deseamos amar inmisericordemente, amamos inmisericordemente. Es el mito el que nos mueve y al que acudimos cada que vez que no nos gusta la realidad que no esté sujeta a lo que soñamos.
Si bien el estudio del psicoanálisis y el folklore en Guayaquil carecen de una escuela, la oralidad mítica nos descubre en el parentesco, el poder, las relaciones interinstitucionales, las relaciones familiares, la cotidianidad, etc., el cómo somos y cómo asumimos, estas ligaduras. Hay que admitir -a instancias del pecado- que aún en Guayaquil vivimos el complejo de Edipo.
Admitamos también, que es Guayaquil, la ciudad menos propensa a la violencia. Esto debido a que nuestra libido actúa según el clima y la cultura. Los guayaquileños –y costeños en general- somos determinantes a la hora de manifestar nuestros deseos. Reprimir el mal es como no hacer el bien. Lo que no sucede con otras ciudades y otros individuos.
En otras ciudades y otros individuos, existe un mayor grado de violencia. La libido se mabuya a la hora de la solvencia. Por ello creo, que quién viene a la costa (a vivir o convivir) lo hace pensando que la ciudad (por ser puerto) los libera de esta casuística folklórica y mediterránea.
Pondremos otro ejemplo de estas semiologías en el habitante porteño. Decir que la comida es el habitus eróticus de lo que somos y lo que pensamos es cierto. En la comida el guayaquileño destreja sus amores. Una gota de pimienta, una de comino y otra de sudor. Que mejor metáfora que esta. Tuve una mujer -acaso son así todas las guayaquileñas- que pedía a gritos ser penetrada cuando cocinaba. Cada grano que usaba lo ligaba al placer.
El resultado final (el éxtasis: perversidad, aberración y placer infinito) resulta ser cuando el amante al comer se chupa los dedos. Tengo un amigo quiteño (antropólogo) que al solo comer arroz costeño y seco de pollo, asume que de postre querría concluir coitalmente con una mulata olorosa a ceibo y pomarrosa.
Fíjense: cuando llega una mujer serrana a Guayaquil, ¿que pide?, mariscos; camarones, conchas, pulpo, calamares, ostras; ¿que quiere decir esto? ¿Cómo interpretaríamos los sujeciones? La comida del mar está psicoanalíticamente pensada en lo sensodeshinibitorio. No hay comida de mar que no tenga lazos carnales.
¿Nos hemos preguntado acaso porqué en Guayaquil pedimos el muslo, la pechuga o el culito de la gallina? ¿Han probado la chucula? ¿Qué sensaciones experimentaron? ¿Qué simboliza el pan (hecho pedacitos) dentro del café con leche? ¿Y cuando jugábamos de niños no jugábamos al Sin que te roce? ¿Acaso no besábamos a la niña cuando en La pájara pinta le cantábamos: Me arrodillo al pie de mi amante/me levanto constante constante/dame la mano/dame la otra/dame un besito/que sea de tu boca? ¿Con las primas no jugamos al papá y a la mamá o a la botella? Los guayaquileños históricamente hemos sido surtidores de deseos, el psicoanálisis y el folklore lo comprueban. El chiste, el cacho (los cachos) la infidelidad, cuenta. No hay ciudad más cachuda en el Ecuador que Guayaquil. Y esto, en cualquiera de los estratos sociales.
El hombre y la mujer guayaquileña/o no tiene complejos en este sentido, asume y se asume libre. Liberalizados de todas las culpas auto impuestas. Sigamos con los ejemplos: en la Colonia, zambos y mulatos buscaban formas lúdicas para lo festivo. Tanto, que tuvieron que disfrazarse (diablicos, gurufaes y mojigos) para no ser descubiertos y ridiculizar de esta manera a quienes los ataban a un sitio y un oficio. A esto llamaron fandangos. Fiesta pública en el que terminaban envueltos “choros, maquiavelos y estafaos; contentos y amargaos; valores y doblez” como dice el tango de Carlos Gardel.
Si caminos Guayaquil en estas modernidades (“regeneración urbana”, competencias, etc.) el folklore en relación al psicoanálisis nos descubre una ciudad inventada. Sugestionada. Febril. Elaborada a partir de signos y ritos maniacos. Manejada como caja fuerte de rico. A la que el único que tendría la llave y el derecho a abrirla es quien posee el secreto de la numeración.
El folk (del sajón: pueblo) solo alcanza a la ciudad en el diván. En el diván el Lore (del sajón: saber) de su sentido común se pierde en el engaño de las preguntas. Entonces el psicoanálisis lo obliga a varias terapias hasta dar con el padecimiento del enfermo. Esto en la comprensión del enfermo está bien. Pero pasa que el psicoanalista -desde la primera vez- entiende el mal del que padece.
La semiología de lo cotidiano recurre frecuentemente al psicoanálisis. Pro tempore Guayaquil es una ciudad psicoanalizada. El guayaquileño emprende la retirada cuando estas significaciones distan mucho de ser lo que imaginarios crean. En esto somos muy porteños. El imaginario cotidiano del guayaquileño no está fragmentado. Se construye a partir de referentes psicosocioculturales de su realidad. Y esto la psicología del guayaquileño defiende. O se auto defiende el guayaquileño al ver que esta, su realidad, está siendo sometida o atacada.
Así crea nuevos mitos. Nuevas realidades que la hacen ver como lo que es y hace. Mitos de relación y parentesco. Mitos de vínculos. Mitos del presente y del porvenir. Mitos individuales e institucionales. Mitos estéticos. En fin, mitos y mitos que llevarían a la ciudad a un eterno psicoanálisis. La semiología de lo cotidiano lo confirma. Guayaquil es una ciudad hecha en relación a sus mitos. A la semiología de sus cotidianidades. Para nosotros, los guayaquileños, todo lo que inventamos es cierto. Sobran ejemplos. So es cuestión de percatarse. Y volver Jung, claro.
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