La Rocola: música mestiza, música del pueblo
Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio
Wilman Ordóñez Iturralde
Te espero allá en el bar, en el bar de la esquina. Vida mía no te imaginas, lo que tenemos que hablar. Te tengo que contar lo que me han dicho de ti, que tienes otros amores y a mí me vas a dejar. El dolor de no tenerte es muy grande, la pasión de besarte es mayor. Por eso con dolor entre copas y canción, con desesperación me vas a ver llorar. Te espero allá en el bar, en el bar de la esquina, vida mía no te imaginas, lo que tenemos que hablar.
De una canción de rocola
Ni una pastilla de diazepán con coca cola es tan efectiva como una canción de rocola,- corta venas-, para matar la amargura, la pena y el dolor que nos produce la desgracia de haber nacido en la podredumbre de la desdicha.
No sigas diciendo que un amigo tuyo/Y tu propia esposa vencieron tu hogar/Confiesa cobarde/Que esa era una deuda/Que tarde o temprano/Habría que cobrar/Esa era mi novia/Que tanto quería/Una tarde ingenua te la presenté/Sentiste envidia/Al verla tan linda/Como siendo pobre/Yo la conquisté/Desde aquél instante/A espalda cobarde/Como tenías plata/Le ofreciste mas/Hasta convencerla/Porque tú eras rico/Mi novia un día por ti me dejó/El cabo de un tiempo/
La hiciste tu esposa/Con mi propia novia/Fuiste mi rival/Y yo seguí pobre/Sin plata ni novia/Mientras tú de brazos/Fuiste hasta el altar/No olvides que un día/Fue que me invitaste/A que yo la viera/En tu propio hogar/Para así humillarme/Y entonces vi claro/Planear la venganza/
Que habría que cobrar/Al ver a tu esposa/La que fue mi novia/Yo leí en sus ojos/Que no era feliz/
No bastaba el oro/La riqueza tuya/Y que me deseaba/Se lo comprendí/Volví por la noche/Cuando tú no estabas/Y efectivamente/Mi plan no falló/Tomé mi venganza/Y me sorprendiste/Ya que ves que de nada/Tu oro sirvió/Ahora ya puedes/Seguir pregonando/Que yo fui el amigo/Que te traicionó/Búscala si quieres/Que ya está cobrada/La deuda entre amigos/Saldada quedó/Tú no eres mi amigo/Amigo de qué eres.
Guayaquil es un frágil cristal. Una ciudad que se bebe todas las botellas del mundo. Sentimental, borracha. En esto es tan masculina. Femenina cuando alguien la saca a bailar y festeja. Guayaquil es un cabaret abierto las veinticuatro horas. Una felina. Una gran puta.
Cuando llegó la rocola a la ciudad-puerto el pueblo bebía guanchaca traída del monte. Tres diablos, currincho. Bebía agua de río olorosa a lechuguines y carne sudorosa por la piel de las mulatas que se bañaban en pelotas en el río Guayas. La rocola llego sin arrogancia. Sin poses de creerse la gran güevada. Sin ser la gran señorona del cacao exportable. Vino como viajera chira en carga de meretrices adúlteras llegadas desde puertos caribeños. En barcos drogados por la mar. Vino bendecida por chulos y cabrones de otros puertos que la habitaban.
Con ella llegó la canción arrabalera. La canción criolla de Lucha Reyes. Jesús Vásquez. Carmencita Lara. El Cholo Berrocal. Daniel Santos. Los Tres Reyes. Los Kipus. Los Embajadores Criollos. Lucho Barrios. Chabuca Granda. Los Morochucos, Los Antares. Los Diamantes. Los Visconti. Alci Acosta. Cecilio Alva. Los Dávalos. Arturo Zambo Cavero. Felipe Pirela. La Sonora Matancera. Orlando Contreras. Roberto Cantoral. Tito Cortez. Nosotros pusimos a Olimpo Cárdenas, Pepe y Julio Jaramillo. Pusimos al “mago de la rocola”, Aladino. Tenemos a Segundo Rosero (de gran popularidad en Perú). En la década del cincuenta tuvimos el trío Los Trovadores del Puerto integrado por Andrés de Arboleda, barítono; y los guitarristas Jacobo Mármol y Jorge González. Estuvo constituido también el reconocido dúo de Olimpo Cárdenas y Carlos Rubira Infante: Los Porteños.
La rocola -como canción- vendría a ser para los guayaquileños “una forma de imaginar, comprender y sentir la pena, que la razón no podría resolver”. Vendría a ser la reconstrucción sicoanalítica de su yo quebrado. De su yo que requiere saber “por qué le pasa o sucede lo que le pasa y sucede”. La rocola -como reproductor- sería la extensión oral de esta pena. Su interlocutor. Hasta su interpelador. Lugar y fin del depósito de esta pena.
Perú es el país que más música y cantores nos hizo consumir como un producto mestizo-criollo que pronto caló en el imaginario social urbano de gente rota, chuchaqueada y chusma. De gente cargadora de sacas de cacao. De obreros y obreras paridos en sucias cantinas por viejas parteras mozuelas de los marinos que en ellas dejaron depósitos de esperma. Depósitos de versos insomnes. De música yerma.
Puerto Rico dejó entre nosotros su más grande corazón arrebujado “el inquieto anacobero”. Con él entró buena música y buen whisky. México trajo sus tríos de guitarras y voces de alacranes. Colombia con las corralejas a más de las guarachas y las cumbias de las abuelas dejó versos de capitanes entre las vencidas brujas de tres pesos que rondaban la ciudad curando el alma de los embarazadores anónimos.
Perdón vida de mi vida/Perdón si es que te he faltado/Perdón cariñito amado/Ángel adorado/Dame tu perdón/Jamás habrá quien separe/Mi amor de tu amor y el mío/Porque todo lo que ansió/Es que el amor mío/Tenga tu perdón/Si tú sabes que te quiero con todo el corazón, con todo el corazón, con todo el corazón/Y tú eres el anhelo de mi única ilusión, de mi única ilusión, de mi única ilusión/Ven calma mis angustias con un poco de amor/Que es todo lo que ansía/Mi pobre corazón.
Cuba y Panamá, trajo las buenas orquestas. El son, el mambo, el cha cha cha y la rumba. Se impuso la rocola, género maldito; ligado a nuestro espíritu, cruel, melancólico, sobrado; decepcionado de maldad y falsedades. Lleno de maldad y falsedades. La rocola fue la niña atrevida, loca, reveladora. La bella mesalina asesina y hiskoniana. Portadora de puñales versos que atravesaron nuestras amarguras y nuestras gargantas. Que atravesaron las nalgas de las putas dueñas del más bacán de los culos, por eso uno las buscaba. Los casados y solteros enamorados las buscaban, ¿y buscan?, por los cachos, ya que no he visto en el país ciudad más cachuda y puta que la nuestra. En esta ciudad mujer que no le pone los cachos al marido no es mujer, es hombre. Algo así como “compadre que no se come a la comadre, no es compadre”. Como no hay ciudad más cabaretera en el Ecuador que la nuestra. En esto somos campeones.
Era de ver cómo los almacenes de música se abarrotaban cuando llegaba un disco de pizarra con canciones de rocola que venían populares desde otros países que vendían sus penas salpicadas de llantos y suicidios de mala muerte.
Famosas industrias de la música como RCA VICTOR aparcaron en el Puerto con cargamentos de discos de pizarra de 45 revoluciones. Viejos cancioneros (El Mosquito, Cancionero del Guayas, etc.) de la ciudad reseñaban las canciones que escuchaban atentos entre Victrolas y las primeras radios locales. En las peseteras rocolas que en países como México la llaman Sinfonola. En Venezuela, Salvador, Costa Rica la denominan Gramola.
Mis cercanos sentidos a este género musical -y complejo gramófono: la rocola-, los tuve cerca de la 18 (triangulis de barrio: putas, cabrones y rocola). Nosotros vivíamos cerca. Mi primera casa estuvo ubicada en la Calle 11 y Calicuchima. Al lado de ésta había un bar, de “doña Montse”, al que llegaban cholos cantadores y vagabundos borrachos de la vida y del puerto (marítimo). Fuera del bar escuchaba atento toda canción “de fuego y llanto” que salía de su cantina; penosa, sufrida y lastimera.
Veía a los belicosos borrachos pagar cuentas enormes. Provocar escándalos. Mis tíos (chulos/con caras de Al Capone) les pegaban en masa a los giles que llegaban solos y hacían relajos. Los otros sentidos están dados por la cercanía de los cabarets. El “No te agüeves”, el “Roberto” y el “Gema”. Desde la calle Octava hasta Letamendi. Yo caminaba por las noches solo para ver entrar esos culebrones con bandidos de la ciudad que llegaban a herir los vasos y las bielas. A herirse entre ellos.
Luego nos cambiamos a las Calles 11 y Gómez Rendón y conocí el Bar Anita (Ayacucho y la 11). Sin dejar de visitar la 18, claro. La 18 vendría a ser mi escuela. Ahí aprendí a sentir mis mejores deseos. A escuchar atento la rocola y ver como la moneda compraba lagrimas amargas de sus canciones. Crecí creyendo que pronto tendría una rocola en nuestra casa hasta que mi padre nos regaló el primer tocadiscos. De largos parlantes. Tendría yo como 14 años cuando le prometí a una puta que le regalaría una rocola para su cumpleaños. La puta murió muerta por un puñal que la mató por bandida. Nunca conseguí la rocola. Tampoco a la puta. Esta fue la canción que resume lo que me causó la puta y la rocola:
Ya no creo en nada/ ya no creo en ti/siento desconfianza/ya no creo ni en mí/mi mente se ofusca/ya no sé qué decir/me enloquecen lo celos/que yo siento por ti/maldito sean lo celos que envenenan mi alma/maldita sea la duda que acabó mi ser/la cruel incertidumbre de tu amor me mata/me estoy volviendo loco sin saber porque (…) yo prefiero un puñal a la duda de tu amor/a la duda de tu amor.
Años después, cuando el goce fue más racional, vendría nuevamente a la 18 pero esta vez como investigador. Como sujeto que deseaba aplicar fichas de trabajo etnográfico. Y la rocola no estaba, había desaparecido. Las putas de aquel tiempo debieron haber muerto. O estarían vetustas. Entonces llegué a apropiarme de los recuerdos. En esos momentos ya nadie me robaría la memoria. Hice de mi alma un hechizo. Puse a buen recaudo mis cercanías con la canción rocolera y la rocola. Puse en recaudo mi mundo erótico y emotivo que vivió momentos porteños en la estancia puteril de la 18. La música quedó conmigo. Grabada. Ahora puedo contar mi historia. Este otro Guayaquil. Este pedazo de tiempo. Este símbolo de lo popular.
CHUPATE LA PLATA
Luego de desaparecida la rocola del espacio simbólico y sociocultural de la ciudad-puerto y de la cultura porteña, los cantineros y alcahuetes de penumbras, los bailadores y amantes de miles de carnes campesinas y mulatas, se refugiaron entre las Alondras del Guayas (hermanas Mendoza-Montiel) y Julio Jaramillo. La rayada pobreza de algunos se encarnizó en lo que devino de esta: canción rocolera de Aladino. El Mago de la Rocola. La Rocola como metáfora. Aladino canta:
Mándatela perroso…
Si tú, comprendieras, mi vida
Que la vida, hoy me falta
Por ti, que pago
Con la misma moneda
Que tú, me ofrecieras
A mí
Mujer bolera
Mujer bolera
Eres tú
Mujer bolera
Los semióticos saben y entienden del valor de cada frase, palabra, concepto; de sus resultados. Entienden que el sino, signo, seña y símbolo, es resultado de un ser y hacer del sujeto. La canción de rocola tiene estos elementos. Sus significados hablan de este ser y hacer. De esta dación y emoción reflexiva. De estos “malestares de la cultura” arrabalera, putañera y violenta. De estas relaciones intrafamiliares. De estos jotos que no salen del closet. De los mandarinas en ciernes. De las humilladas. De los trashumantes seres de unicornios perdidos. De daños colaterales de los hombres y mujeres que cantan, se embriagan y matan por celos, infidelidades o traiciones.
Aladino es resultado de la primera canción rocolera de la ciudad-puerto. Es resultado de lo que el pueblo percibe como instancia y comunicación. No es el Aladino “reproductor” sino “recreador”. El gramófono desapareció. Pero este -el cantante- es la consecuencia del complejo reproductor pesetero. El pueblo sabe que es en Aladino donde está oculta la rocola. Donde pervive la canción criolla-mestiza de este pueblo. En Aladino mandó a parar sus culpas, sus daños, sus eternas penas.
Nuestro pueblo requiere que esta forma de comprensión de su universo sociocultural perviva. Es por ello que -si la industria musical posterior a la rocola acabó con esta-, el verso tracionero y maldito debía permanecer. Para esto necesitábamos una voz, un “paria” del descontento. Creamos Aladino “el mago de la rocola”. El “inconoso” como gusta denominarse el artista. En él dejamos nuestros amores traicionados. Aladino es el banco, el depósito.
Debemos estudiar y analizar esta transición. La rocola de los cuarenta, cincuenta y sesenta no es la rocola de hoy. La anterior nacía de la pena del compositor. La de ahora nace a través de las industrias. Las industrias miran y miden los éxitos por la cantidad de dinero que les ingresa. De ahí esta expresión de “chúpate la plata”. La canción criolla-mestiza anterior no era farandulera. No estaba pensada para lo mediático. La de ahora es parte del comic, del show, de la violencia televisiva rosa que todo lo convierte en mierda. Que todo lo que produce es mierda.
Para la televisión rosa Aladino es su ídolo. Esta forma de hacer televisión ve el pueblo como maldito e ignorante, a quien debe dársele basura, mierda, mucha mierda cagada por el mismo pueblo. Para ello Aladino es el nexo, el gancho, su tirante. Ellos hicieron el Aladino actor a más de cantante. La industria ya no es musical, esta, en nuestra ciudad-puerto desapareció. La industria ahora es televisiva. Es industria de la imagen, La anterior era la industria de la voz y el talento de los artistas. La industria de sus creaciones musicales y poéticas.
La industria televisiva manda a matar con este “chúpate la plata”. La televisión rosa que es puro excremento necesita excremento. El excremento está en la mediocridad, en los que no piensan, en la vida de pobre diablo que llevan los asesinos de tercera; las domésticas chismosas; las vagos.
Volver a la canción de rocola antigua es la tarea. Debemos buscar maneras para percibir y escribir pronto un largo y juicioso estudio sobre lo popular en Guayaquil. Un estudio sobre la canción rocolera y la rocola como construcción sicológica, semiótica, lingüística y sociológica. Un estudio que nos permita saber sobre el ser guayaquileño y el hacer porteño.
Los nuevos chulos también bailan
Vacilan su patín vestidos de blanco. Son cabrones con mesadas de putas. Paran en la 18. En los chongos tempraneros fuera de la ciudad. En el Imperio. En El Gato. Vacila todavía su patín por bares de la calle Colón. Bares de la Calle Pedro Moncayo. El nuevo chulo anda con celular. Tarjetas de crédito y promocionales de sus putas. Anda con más prisa. Busca billete hediendo a licor chichero. No tiene afectos. A este no lo mueve el sentimiento. Quiere plata, aunque esta venga con sida. El chulo de décadas anteriores tenía afectos. Se unía a su hembra. Peleaba por ella si alguien le faltaba el respeto. La dejaba temprano en la cantina o en el puterío cercano y regresaba a verla tarde de la noche. Le declaraba su amor y le mentía diciéndole que la amaba y porque la amada la dejaba que tire con sus clientes, así ganaba el amor de las putas y su dinero. Este tipo de chulo se extingue. El nuevo chulo es incapaz de recordar el cumpleaños de su puta. De amarla. De formar familia con ella.
Estos nuevos chulos son muchos más jóvenes. Bailan. No el bolerazo o el tango del Guayaquil de antes. Bailan perreo y reggaetón. Bailan batucada. Es más salsero. Más rapero. Más sonero. Es una mezcla de inútil con aires de grandeza. Desea la rocola pero como bachata, la bachata del grupo Ventura. No le da el mate para percibir y bailar la bachata de Juan Luis Guerra. El chulo de las cantinas antiguas escuchaba y bailaba rocola como la bachata de Juan Luis Guerra. Sentía la rocola. Bailaba con su puta suavecito, delicado, como enseñándole el movimiento. Bailabale solo, cantando en su oído las penas y los olvidos. La trataba como reina.
La rocola se quedó entre los porteños. Se quedó en el Guayaquil profundo y cantinero. En las bocanadas de humus mariguaneros. Toca volverla funcio-(anal). Volverla a sus años mozos. A sus años de gran puta. Hasta tanto yo, bebo, muerto de la risa y escupiendo al diablo, para que no me lleve sin antes gozar la última rocola de algún mulato bar de mi Guayaquil porteño. Sin antes bailar y emborracharme. Hasta ir muriendo de a poquito. Como el dolor de sentirse lejos de la mexicana Paquita la del Barrio:
Me preguntan mis amigos/Ahora que me ven tomando/Que ahora cual es el pretexto/Yo con gusto les contesto/Que mi amor me ha confesado/Que me está queriendo un resto/En estas tierras lejanas/Donde a veces uno siente la nostalgia de su tierra/Ahora solo siento ganas de aventarme otro aguardiente/A salud de mi morena/Qué bonito es andar lejos del lugar donde uno ha nacido/Y que encuentres quien te quiera/Dan ganas de echarse un trago/De bailar pegar un grito/Y seguir la borrachera/Ahora si mi cantinero/Dale vuelo a la rocola/Que me toquen mis canciones/Súbele todo el volumen/Tóquenme de esas bonitas/Que alegran los corazones/Ponles copas a mis cuates/A los que están en las barras /A los que están en las mesas/Quiero que brinden conmigo/Que comparten mi alegría/Y que mueran las tristezas/Dan ganas de tomarse un trago/
De seguir pegar un grito/Y seguir la borrachera/Cantinero dale vuelo a la rocola/Que me toquen mis canciones/Súbele todo el volumen/Tóquenme de esas bonitas/Que alegran los corazones.
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