De bailes y danzones a orillas del río Guayas (1900-1930)
Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio
Willman Ordóñez Ituralde
“La gente traficaba día y noche en las calles: desde los soportales las picanterías soportaban vahos calurosos, resonantes de guitarras y de risas, olientes a seco de chivo, a chicha y a sobaco de zambas”
“Todos los ruidos se fundían en el pecho de Alfonso Cortés: y el puerto era una canción”
“Una bandurria tocaba, suscitadora, en la casa de la esquina, cuyos balcones resplandecían de araña de gas, y por las cuales se cruzaban pajeras bailando”.
“El quejido melódico de la bandurria, les penetraba agudo en el corazón, pasándoles por la piel un caliginoso escalofrío”
“El arpa fina, fina, cosquilleaba las nucas. A intervalos bailaban, apretándose. Al compás, Alfredo hundía un muslo entre los de Rosa Elena, se le adhería del bajo vientre al pecho, como había aprendido en los cabares de la avenida Quito”
En Las cruces sobre el agua. Joaquín Gallegos Lara.
“El puerto era una canción”. La metáfora del escritor Joaquín Gallegos Lara nos indica que Guayaquil y el río producían y recreaban una música y baile en torno a una cultura portuaria que habitaba en ellos y se extendía desde el norte a los arrabales del Astillero que también festejaba y se divertía en comunidad despertando el interés de propios y extraños que veían en ellos vestigios de lo africano, andaluz y caribe-antillano.
Los primeros años veinte asentó y reprodujo en la ciudad-puerto piezas y formas de bailar panameñas, mexicanas, colombianas, peruanas, cubanas; con sones y prácticas de zapateos que calaron fácilmente en el oído, cuerpo y sensibilidad del porteño y su territorio; puesto que éste, estuvo considerado como último reducto portuario del Pacífico donde atracaba barcos de gran calado.
La literatura (montubia y chola) de los años diez, veinte y treinta (José Antonio Campos, Rodrigo de Triana, José Acebedo, Medardo Ángel Silva, José de la Cuadra, Gallegos Lara, Pareja Diezcanseco, Demetrio Aguilera, Gil Gilbert) da cuenta de hechos y acontecimientos que tienen relación a lo que estos barcos traían de otros puertos y dejaban en el nuestro como seña de intercambio y relaciones de comercio.
Entre lo que dejó estos barcos de gran calado se cuenta a músicos, bailarines, cantantes y comediantes que representaron sus obras en los desaparecidos teatros Parisina, Olmedo, Edén, Colón, Ideal, Bolívar, Victoria, etc. Muchos de estos artistas se quedaron e hicieron prole, plata y academias. Las academias de danzas españolas se inauguran a inicios del siglo. Fue fácil para el porteño responder a las sandungas y palmas de corte andaluz; puesto que sus anteriores vínculos están diseminados desde la Colonia. Y es la ruralidad la que conservó elementos hispánicos parecidos a los llegados en el siglo XX.
Lo centroamericano es mucho más antiguo. Según la arqueología experimental, -¿la mejor acaso?- de Guayaquil, nuestra relación con estos países son prehispánicas. Es posible que en estos ir y venir de indios costeños navegantes hallásemos traído ritos, fiestas y saberes de muy lejanos lares y a la vez hallásemos dejado por allá nuestros ritos, festividades y saberes que al mimetizarse con lo español devino en criollo y este en montubio y porteño.
Es bien sabido -en cambio- que la República, nos vinculó con lo europeo parisino, francés e inglés. Donde se refugiaron nuestros aristócratas criollos. Y de allá éstos trajeron a nuestro puerto Minuetos, Cracovianas, Chotis, Danzas, Contradanzas, Valses, Mazurcas, Polcas, Cuadrillas, etc., que bailaron en amplios salones del crochet burgués guayaquileño.
La habanera, el pasillo, la cueca, la marinera, el son, la rumba, la cumbia, la guaracha, el porro, el vals amontubiado, el tango, el bolero, la ranchera; nos llega indistintamente y en tiempos de sosiego -unas- y guerras -otras-, a través de puertos (Callao, Panamá, la Habana, Yucatán, Veracruz) y procesos bélicos independentistas y post independentistas con bandas de músicos que animaban en el camino a los próceres y combatientes. También -estas músicas y bailes- fueron traídas por familias viajeras que pasaban por nuestros territorios.
Los escritores enunciados no pudieron ser esquivos a lo que penetraba a través del puerto. Por ello la literatura se anticipó en recoger estas músicas y bailes. Sin embargo -los escritores- no registraron nombres de piezas y bailes que debieron saberse como propias o extranjeras. Labor que debió hacer la historia -e historiadores- que no tuvieron la sensibilidad de los literatos. No obstante, se habla de manera general. Con ello, la historia, puede recrear lo que pudo haberse quedado y mimetizado entre nosotros.
Uno de los viejos cancioneros que tuvo Guayaquil (1920) como ciudad-puerto es El Mosquito de Rafael Cucalón. Este puso en la lectura cotidiana viejos boleros, tangos, amorfinos, pasillos, cuecas, zamacuecas, son, guarachas, entre otros que fueron populares y de consumo masivo. Este bolero (del repertorio del cantor Guillermo Medina) se cantaba y bailaba en el Guayaquil de los años veinte:
Soy como soy/y no como tú quieres/qué culpa tengo yo/de ser así/si vas a quererme/quiéreme/no intentes hacerme/como te venga a ti/no trates de amargar mi vida/yo a ti te quiero/lo juro por ti/pero soy como soy/y no como tú quieres/qué culpa tengo yo/de ser así.
Al bolero porteño los montubios lo denominaron El Horcón “porque ahorca pué y aprieta tan juerte, que hasta los elásticos de las calzonarias de las jembras uno se las arrancaba cuando bailaba un bolero”.
Es posible que el puerto, -a distancia entre las clases, que sólo el río aparcaba y los acoquinaba-, hayan compartido Amorfinos que del amor cortés mucho se hablaba y convenía. Así estuvo en la oralidad este, muy sobrio y soberbio:
Periquita, pericona
Que en un árbol te vidé
No me niegues tus encantos
Que yo no me negaré.
No encontré la contestación de estos versos pero me parece que -quizás- se haya ocultado en esta canción que mi madre solía cantar cuando niño:
Yo soy la periquita
Traigo trigo y traigo miel
Que serán para otros encantos
Más no para tu piel.
Unos versos parecidos los escuché en un Cante de Camarón de la Isla (lo que quiere decir que estos versos sean muy españoles o muy nuestros):
Aaaaayyyyyyyyyy amorcito míooooooo
Pajarito onde estás que no te veoooooooooo
Onde pude dejarte abandonaaaaaaaa
En que arbolito con tus alitas rotaaaaaaasssss…
En 1990 el General Eloy Alfaro Delgado estaba en el poder Constitucional de la República. Con un decreto urgente, éste volvió a refundar el Conservatorio Nacional de Música que había sido cancelado por el dictador Ignacio de Veintimilla. Fue nuestro puerto el que recibió al músico italiano Doménico Brescia quién de paso dejó formado músicos locales con alta calidad interpretativa. El italiano llegó a solicitud del General para formar parte de la nueva planta de músicos del Conservatorio. Debemos al italiano la comprensión de una nueva forma de entender el Nacionalismo Musical en la Región que iniciara con tal conocimiento el músico liberal Juan Agustín Guerrero.
Según algunos musicólogos (Pablo Guerrero entre ellos), de encontrarse unas partituras desaparecidas, del músico guayaquileño Casimiro Arellano, el puerto pusiese reconstruir este significativo proceso musical ecuatoriano. Cosa casi imposible. Lo más cercano que tenemos al nacionalismo fue la gran labor y tarea que se impuso el historiador y folklorista guayaquileño Rodrigo Chávez González que al influjo de los Ismos (panamericanismo, comunismo, socialismo, trotskismo, mexicanismo) logró una refuncionalización de lo montubio en nuestra ciudad aún a costa de extremistas que no entendieron su campaña.
Después de El Mosquito, otros fueron los cancioneros que dieron luz a letras de músicas, ¿y bailes? que llegaron por nuestro puerto en discos de pizarra auspiciados por reconocidos sellos discográficos como RCA VICTOR. Entre este cancioneros está El Porteño; El Cancionero del Guayas; El Autopianista; Ritmolandia; Cancionero del Trópico y El Costeñito.
Letras y músicas que en boca de los artistas de la Rondalla Safadi, Los Campiranos (Guillén, Fernández y Arauz), Dúo Guayaquil (Ibáñez-Antepara), Trío Guayas (liderado por el riosense Custodio Sánchez), Trío Juventud Porteña (Murillo, Elizalde, Gavilánez), se extendieron cuando La Voz del Litoral (famosa radio) les abrió sus micrófonos y señales.
El muy porteño músico Alberto Valdivieso (diablo ocioso) escribió y cantó en la radio La Voz del Litoral esta portentosa canción:
El Porteño
A la guerra se marchó
Un muchacho bien porteño
Y en su cara se dibuja la alegría
Que tenía de pelear por su nación
Porteñito que te vas
Tan alegre y vas cantando
No te olvides que en el puente
Vas dejando destrozado el corazón de una mujer
Desde entonces Isabel
La vida pasa llorando
No se olvida que el porteño
Iba cantando
La canción que tantas veces le cantó
Desde entonces a Isabel
No se la ha visto pasar
Hoy se dice que más vive en el convento
Rezando una oración que ella inventó
Virgencita ten piedad
De aquel hombre que yo quiero
Pon tu mano que es coraza
Ante el hacer
Que una bala acabaría con los dos
Virgencita ten piedad
De aquel hombre que yo quiero
Hoy mi vida está ligada con la suya
Que si muere moriría yo también.
Entre estos años de 1900 a 1930 también se escuchó, bailó y creó, otros ritmos foráneos llegados por el río que tuvo su puerto, como el One Step; Two Step; Shimmy Step; Fox Trox; Canción, etc., que orquestas como la Mestanza y Dislexing Band Jazz; luego la Blacio, recogieron y animaron en la tropical ciudad de Guayaquil. Las conocidas Rondallas de señoritas (interpretes de Guitarra, Bandolina y Bandurrias) recreaban parte de estas músicas.
Mi abuelo (Manuel Iturralde Rivera) cuenta que en la década del veinte se daban saraos y grandes jornadas bailables que terminaban después de tres días en cuyas horas de pasión y diversión corporal se daban también competencias de maratones bailables que acababan cuando una de las últimas parejas que terminaban en la pista caían en brazos de Morfeo.
Mi abuelo me recuerda una Tonada Campirana (Mi Barrio) del porteño Alberto Guillén Navarro que las radios del puerto ponían y de la que disfrutaron bailando:
De todo podré olvidarme
Pero del barrio jamás
Ahí está la chacarera
La que me supo querer
Y es la mujer más buena
Que a mí me quiso
Sin ella sí que me muero
Para que quiero vivir
Dicen que las morenas
En general
Son las más querendonas
Del litoral
Yo les digo que si también
A mí me quiso
Una Guayaquileña
Que aún cuando muera
No he olvidar.
De autores importantes que escribieron o re-escribieron canciones desde el puerto, lo portuario, su cultura musical, bailable, entre estas tres décadas, está el mentado Diablo Ocioso (orense); Lauro Dávila (orense); Nicasio Safadi (libanes); Francisco Paredes Herrera (cuencano); Custodio Sánchez (riosense), Casimiro Arellano (guayaquileño), Nicolás Mestanza (guayaquileño); Carlos Solís (guayaquileño); Carlos Silva (guayaquileño), otros; poetas sobre todo, que le han cantado a Guayaquil y de los que escribiremos en otra ocasión.
Volviendo a la literatura porteña (entiéndase narrativa) habría que repensarla. En esta se oculta lo porteño. Su cultura. La que cabría definir conceptualmente (me refiero al concepto de qué es porteño y qué es ser porteño) y ver cómo refuncionalizamos lo que más nos acerque a ella. Nada más.
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