EL GUAYAS: UN RÍO QUE NO PIERDE SU MEMORIA
Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio
Willman Ordóñez Iturralde
La primera canoa que cruza de la Isla Santay a la orilla del Malecón tiene carita de Santa. El canalete rememora el intersticio entre el agua y el montubio que boga. Todos callan cuando el sol cierra sus parpados. Casi una fotografía.
El 15 de Noviembre de 1922 es oscuro. Tamayo la jodió. Los militares y policías de aquél tiempo mataron el color de amaranto del río. Desde ese día el río tiene color de orine. Nuestros muertos nos recuerdan no olvidar ese oprobioso pasado. Joaquín Gallegos Lara dice:
La multitud tenía alma, tenía alas. Acaso Alfonso volaba con ellas. Se liberaba de la rutina diaria. Vencía de veras la soledad. Cada una de las fisonomías innúmeras de hombres, de mujeres, talladas en guayacán o en roble opalino, saltaba del nebuloso anonimato a la cercanía de la voluntad compartida.
15 de Noviembre. El que te olvida, olvida su memoria.
En la Colonia el Río Guayas fue medio y fin de intercambios soberbios de culturas y ríos de plata. El romancero Abel Romeo Castillo canta:
En el fondo de sus aguas
El río de mi cuidad
Esconde minas de plata
Lingotes de plata viva
Con rubíes en las agallas
Esmeraldas en los ojos
Y nácar en las extrañas
El río de mi ciudad
En el fondo de sus aguas.
Cacao fino de aroma/Sobre tus mantas blancas/De raza morena te sobra/Canción, cuna y hamaca.
Canción para morir alegre/Navegando tu esperanza/Río que ríe al sereno/Pequeño amor de lozana. Mi madre compuso este bello poema. El Guayas se engalana. Nadie ose atraparlo en sueños. El río nunca calla.
Toda producción pasaba por el río Guayas. Los barcos de gran calado, los barcos de vapor las pangas, las canoas de dos piezas. Y ahora solo pasa el recuerdo. Quedaron las canoas. Al alba y al caer la tarde desde la Isla Santay se ve cruzar al cholo/montubio pescador con redes y chayos volcados. Con bajío. Ya no entran los de gran calado. Tampoco los de vapor. El río está tapado.
Siguen los lechuguines. La arena es su mordaza. Ya no pasan las barcazas que cruzaban hasta Durán. Tiempos de escapa de los colegios guayaquileños. Recorro su cordel y la libertad es bloqueada. Privatizaron el espacio público. Privatizaron las áreas nomadas. El Malecón anterior quedó en los recuerdos. Cuando de lejos veíamos correr el río y sus aguas. El Municipio se adueñó hasta de las brisas. Hicieron una gran y espantosa orilla que simula un grande y espantoso barco de cemento anclado.
Han puesto nombres a pequeños paseos inventados al antojo. Simbólicamente taparon la muerte. La matanza del 15 de Noviembre de 1922. Todo el que se precie de José Luis Tamayo se regodea en su spa turístico. Con esto silenciaron la masacre. Nadie la recuerda o quizá cambiaron los chips de las memorias.
Caminar por el Malecón Simón Bolívar (de interés político de dominación de la derecha local para cambiar relatos de historia forjados en la templanza de las armas) es ser y parecer extranjero. Turistas caribeños. Caminar por su terraza nos recuerda las verbenas burguesas de crinolinas y corches de fuste. De camisa almidonada (cotona) y parasol francés. Nos recuerda no besarnos. Se prohíbe no desear. No tocar, no acariciar, ni levantar una falda y sentir una entrepierna caliente y jugosa.
Estamos en el año 2009 y se prohíbe hablar en voz alta. Casi toda la terraza está apostada de animales (burros: puesto por la sabiduría popular) coicos de tercera a quienes el Municipio viste de azules y los llama policía municipal. Los burros (perdón policías municipales) son tan burros que cuando un inglés se le acerca para que lo oriente, éste le dice: cani, cani, no pacanglies. ¿Será acaso una nueva forma de habla urbana?
El nuevo Malecón ya tiene clones. Varios alcaldes de la ruralidad y otras provincias están copiando sin imaginación ni gustó por lo local, una réplica de éste que hiso una fundación privada copiando modelos canadienses e imponiendo una arquitectura (¿cultura?) “post moderna” a la que no llegamos ni en asombro.
Volviendo al río, ya nadie le canta quizás porque no encanta. No hay Abeles Romeos. Ni Alejandros Velascos. No hay romanceros. Se perdieron. Y no es que lo lamente, lo que lamento es la perdida de la memoria de un río que fue cauce y corazón del puerto. Flotación mulata, montubia y porteña que relataba una rica historia guayaquileña. Flotación de extranjeros que dejaron billetes, literatura, artes, cultura y esperma que cuajó en nuevos críos.
El río Guayas parece ausente. Lo hemos lastimado. Herido en su plexo solar. Herido en su numen. Un ojo burgués lo ve y le importa un bledo su condición natural de río. De río-vida. De río-economía. El visitante pasea por su terraza. Anda, parece que cabalga, disfruta de un pedazo de cemento y mira al río con indiferencia. Todos son indiferentes al río. Y esto ayuda a la derecha. Mucho. Sería bueno recordarles la matanza.
El visitante que pasea comienza en el vitrinal (acomplejado y mediocre calificativo socialcristiano de “urna de cristal” como si trataran de proteger al rey y a la princesa) esqueleto de tubos donde se realiza desde hace cuatro años en “feria de pueblo” a la que denominan “internacional de libros”. Continúa por la terraza hasta llegar al abrazo y apretón de manos de dos próceres: Simón Bolívar y San Martín (barridos y borrados de la historia). Terminan en el cerro: “bella mirada” debería decirse. Triangulis de bares, nocheros y turistas criollos. Y nadie les relata la historia del río.
El río trae canciones. El río trae muertes. No cuenten la historia del río. Colonia, seguimos siendo colonia.
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