LOS DESABRIDOS CARNAVALES DEL GUAYAQUIL MODERNO
Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio
Willman Ordóñez Iturralde
La historia de los carnavales anteriores dan cuentan de festejos de alto vuelo creativo. Los de ahora son descargas esquizofrénicas. Tumultos de gente reventándose en el ojo una bomba de agua a largas distancias. El festejo -como fiesta, lugar socializante para la recreación- desapareció.
Los pelucones (categoría que usa el Presidente Correa para desasnar a los de las clases pudientes) viajan a Islas Bahamas, Miami, Las Bermudas, Brasil, etc. Quienes tienen parientes en la sierra comparten en Guaranda: a la voz del carnaval todo el mundo se levanta/todo el mundo se levanta/que bonito es carnaval. Ambato: su fiesta de las flores y las frutas, también tienen dos eventos de categorías el festival nacional de folklore y el festival internacional de folklore. O Riobamba: el festival del Taita Carnaval de mucha inversión económica. Los de clase media viajan a Salinas, Playas, Canoa, Atacames (Esmeraldas realiza un festival internacional de folklore afro iberoamericano de gran prestancia), etc., los chiros se quedan poblando la periferia y ahí viene la cosa. El coso de “no hay festejo pobre”. Y zúmbale que zumba el mambo. Lodo, mierda, huevos podridos, tiza, carbón de pilas con aceite de cocina, cerveza.
Qué carioca ni que polvo tampoco serpentinas, esto fue en otros tiempos. La periferia celebra con elementos que no producen gastos. El Guasmo se turquea en la playita. El suburbio saca sus parlantes y “pone música para el pueblo”. Bastión popular juega la gallinita ciega o, ¿quién encuentra el huevo? Baila músicas locales. Recuerda así la ruralidad.
Desde el primer día la ciudad amanece despoblada. El Municipio se ha inventado un remedo de fiesta y concursos de tercera que emula al programa Haga negocio conmigo. Dicen que desean volver los ojos de los guayaquileños a sus anteriores fiestas. Sin duda quienes programan estos eventos viven en Marte. Al desconocer las dinámicas socioculturales remedan -y feamente- cuasi aldeanamente refritos de otros lados.
En las vísperas preparan un desabrido desfile con grupos de jóvenes que representan danzas de mediocre factura. Los carros que alegorizan estampas son los mismos de las festividades de Julio: -que por cierto también son desabridas, presionando a las maestros de las escuelas y colegios para que saquen a los pobres estudiantes a bailar canciones del pentagrama local con un vestuario blanco con celeste que raya en lo grotesco y burdo faltándole el respeto a nuestro símbolo sagrado de la guayaquileñidad como es la Bandera-. Diseños feos y cursis. Parecería que el Municipio está empeñado en hacerle oda a la fealdad. ¿A cuenta de qué esto? A cuenta de gastar un rubro del presupuesto anual destinado a las fiestas. A cuenta de festinarse esta plata. Y nosotros no decimos nada. Solo acceder a este pasquín de carnaval sin color, sin ritmo, sin folklore.
Guayaquil no se merece esto. Guayaquil merece unos carnavales a tiempo de grandes comparsas y corsos de flores con artistas de primer orden, locales, nacionales e internacionales. Guayaquil merece gestores de talento que promuevan la cultura popular de Guayaquil. Si debemos reponer elementos antiguos debemos hacerlo con creatividad y mucho ingenio. Plata hay para estas fiestas y mucha. Y es nuestra plata. Lo menos es merecernos unas grandes fiestas carnavaleras.
Según los cronistas e historiadores de la ciudad -años anteriores- cuando llegaba el carnaval a Guayaquil nadie salía de casa ya que los festejos cubrían las expectativas ciudadanas. Ciertos ricachones salían a vacacionar a las playas del Morro o ha Puná. Los relatos son extensos en cuanto a cómo fueron los carnavales en esos tiempos.
La gente, nuestra gente, ha perdido interés en los carnavales de Guayaquil. De ahí que el Municipio -con desatino- invita a la ciudadanía a realizar un carnaval “culto” como si hasta la porquería y la mediocridad no fuera cultura. Llama -el Municipio- a quedarse en la ciudad y participar de las programaciones carnavaleras. Nadie les hace caso. Son celebraciones mediocres y aburridas. Todo el mundo se va de la ciudad. Antes que no barranco abajo como se iban los montubios según Galleros Lara. Se van, con buen propósito, a celebrar otros carnavales, ya que estos les resultan muy domésticos. Propios de la falta de ingenio.
La historia de los carnavales anteriores dan cuentan de festejos de alto vuelo creativo. Los de ahora son descargas esquizofrénicas. Tumultos de gente reventándose en el ojo una bomba de agua a largas distancias. El festejo -como fiesta, lugar socializante para la recreación- desapareció.
Los pelucones (categoría que usa el Presidente Correa para desasnar a los de las clases pudientes) viajan a Islas Bahamas, Miami, Las Bermudas, Brasil, etc. Quienes tienen parientes en la sierra comparten en Guaranda: a la voz del carnaval todo el mundo se levanta/todo el mundo se levanta/que bonito es carnaval. Ambato: su fiesta de las flores y las frutas, también tienen dos eventos de categorías el festival nacional de folklore y el festival internacional de folklore. O Riobamba: el festival del Taita Carnaval de mucha inversión económica. Los de clase media viajan a Salinas, Playas, Canoa, Atacames (Esmeraldas realiza un festival internacional de folklore afro iberoamericano de gran prestancia), etc., los chiros se quedan poblando la periferia y ahí viene la cosa. El coso de “no hay festejo pobre”. Y zúmbale que zumba el mambo. Lodo, mierda, huevos podridos, tiza, carbón de pilas con aceite de cocina, cerveza.
Qué carioca ni que polvo tampoco serpentinas, esto fue en otros tiempos. La periferia celebra con elementos que no producen gastos. El Guasmo se turquea en la playita. El suburbio saca sus parlantes y “pone música para el pueblo”. Bastión popular juega la gallinita ciega o, ¿quién encuentra el huevo? Baila músicas locales. Recuerda así la ruralidad.
Desde el primer día la ciudad amanece despoblada. El Municipio se ha inventado un remedo de fiesta y concursos de tercera que emula al programa Haga negocio conmigo. Dicen que desean volver los ojos de los guayaquileños a sus anteriores fiestas. Sin duda quienes programan estos eventos viven en Marte. Al desconocer las dinámicas socioculturales remedan -y feamente- cuasi aldeanamente refritos de otros lados.
En las vísperas preparan un desabrido desfile con grupos de jóvenes que representan danzas de mediocre factura. Los carros que alegorizan estampas son los mismos de las festividades de Julio: -que por cierto también son desabridas, presionando a las maestros de las escuelas y colegios para que saquen a los pobres estudiantes a bailar canciones del pentagrama local con un vestuario blanco con celeste que raya en lo grotesco y burdo faltándole el respeto a nuestro símbolo sagrado de la guayaquileñidad como es la Bandera-. Diseños feos y cursis. Parecería que el Municipio está empeñado en hacerle oda a la fealdad. ¿A cuenta de qué esto? A cuenta de gastar un rubro del presupuesto anual destinado a las fiestas. A cuenta de festinarse esta plata. Y nosotros no decimos nada. Solo acceder a este pasquín de carnaval sin color, sin ritmo, sin folklore.
Guayaquil no se merece esto. Guayaquil merece unos carnavales a tiempo de grandes comparsas y corsos de flores con artistas de primer orden, locales, nacionales e internacionales. Guayaquil merece gestores de talento que promuevan la cultura popular de Guayaquil. Si debemos reponer elementos antiguos debemos hacerlo con creatividad y mucho ingenio. Plata hay para estas fiestas y mucha. Y es nuestra plata. Lo menos es merecernos unas grandes fiestas carnavaleras.
Según los cronistas e historiadores de la ciudad -años anteriores- cuando llegaba el carnaval a Guayaquil nadie salía de casa ya que los festejos cubrían las expectativas ciudadanas. Ciertos ricachones salían a vacacionar a las playas del Morro o ha Puná. Los relatos son extensos en cuanto a cómo fueron los carnavales en esos tiempos.
La gente, nuestra gente, ha perdido interés en los carnavales de Guayaquil. De ahí que el Municipio -con desatino- invita a la ciudadanía a realizar un carnaval “culto” como si hasta la porquería y la mediocridad no fuera cultura. Llama -el Municipio- a quedarse en la ciudad y participar de las programaciones carnavaleras. Nadie les hace caso. Son celebraciones mediocres y aburridas. Todo el mundo se va de la ciudad. Antes que no barranco abajo como se iban los montubios según Galleros Lara. Se van, con buen propósito, a celebrar otros carnavales, ya que estos les resultan muy domésticos. Propios de la falta de ingenio.
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