Gabriel CisnerosEN PALABRA EN PIE SE PUBLICAN ARTÍCULOS, POEMAS, CUENTOS Y OTROS TEXTOS DEL ESCRITOR ECUATORIANO GABRIEL CISNEROS ABEDRABBO, ES UN ESPACIO PARA EL ENCUENTRO DE LOS CREADORES CON EL EROTISMO, EL ARTE Y LA PALABRA, ESPACIO AL QUE PUEDEN ACCEDER QUIENES TRASCIENDAN SUS PROPIOS MIEDOS Y SALTEN DE LA CUERDA FLOJA SIN PERDER EL EQUILIBRIO ANTE LOS DEMONIOS QUE NOS ACOSAN EN LA COTIDIANIDAD.
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LOS JÓVENES YA NO BAILAN SALSA

Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio

Willman Ordóñez Iturralde

El reggaetón ha invadido el imaginario juvenil del Guayaquil “post moderno”. El puerto ya no trae música en los barcos. De eso se encargan los aviones. Los artistas que llegan a la ciudad ligan entre la música dominicana, neoyorquina y puertoriqueña. Países que nos dieron buena música sonera y merenguera hasta la década del 80. Hoy nos da bachata con Juan Luis Guerra y el grupo Aventura. Por más que el Jardín de la Salsa (orquestas, artistas) y Cabo Rojeño (videos clips; de vez en cuando cantantes) sigan poniendo buena salsa los jóvenes quieren bailar reggaetón.

El reggaetón no dice nada. Es música liviana. Los jóvenes son livianos. Consumen todo lo que no los haga pensar. Lo digerido. Lo esquivo. Lo que les resulte olvidar. Full cadencia ventrilumbar. Como si quisieran hacer pensar los genitales.

El reggaetón convoca a los jóvenes para hacerlos sentir inútiles. Playboleros. Fisgones. No los deja asumirse y ser jóvenes. Los paniquea y amodorra. Los hace verse incapaces. La salsa de la vieja guardia relataba y contaba algo. Convocaba para este contar y decir algo. Lo cotidiano en la salsa eran hechos y circunstancias sociales y afectivas. El joven sabía que bailar salsa era sentido, razón y percepción cultural y corpórea. No podíamos ver jóvenes bailando salsa sin este ser y estar simbólico y festivo. Sin este ser y estar capaz de humanizar  y latinizarse.

                                     La salsa llegó, la salsa llegó, para ti, parcero.                 

La salsa llegó de Puerto Rico, de New York, de Panamá, llegó de Cuba con los VAM VAM. De Colombia. El son llegó de Cuba. El porro-guaracha de Colombia. Guayaquil tiene una cultura que engancha con la cultura tropical de estos puertos. Fue fácil aceptar un tipo de música y baile que se le pareciera.

Guayaquil, puerto-ciudad, siempre liberal y comercial-capitalista, abrió sus volutas de fuegos a la salsa. La ciudad tiene rincones salseros de mucha prestancia. No somos una ciudad-concurso como New York y sus salones de baile latino. Sin embargo bailar salsa en la ciudad requiere mucho dominio. Pautas. Requiere de un  sentido y comprensión antropológica. Un entender y saber cómo el cuerpo puede percibir un sonido y una tambora.

La salsa, si bien no obedece a reglas, marca tiempos y compases que a los jóvenes les complica interpretar. El reggaetón no, es simple. Tan simple que niños desde los cinco años pueden ejecutarlo con facilidad.  Es más. Lo hacen. He sido testigo de concursos infantiles de reggaetón. La salsa supone otra cosa. Otra dimensión cognitiva y sensitiva. Otra manera de afrontar y enfrentar el espacio y el tiempo sonoro.

Negritud y salsa

Son muchos los jóvenes afros (negros, mulatos y zambos) de Guayaquil que bailan -y muy bien- salsa. Entienden, perciben y readecúan a sus necesidades corpóreas la música, pasos y melodías salseras. Tienen mayor conocimiento de las canciones, orquestas, cantantes salseros. Se mueven alrededor de lo que estas orquestas y cantantes de salsa les brindan y provocan. Llevan una vida de son. De son viejo. Esto ya es bastante.

La heredad africana que Esmeraldas trajo a nuestra ciudad comienza y concluye en el tambor. En mitos y dioses paganos que, si bien no los celebramos en Guayaquil, estos están, permanecen y se recrean, en el imaginario esmeraldeño.

Los negros y mulatos que se asentaron en la ciudad-puerto desde la Colonia inocularon entre nosotros su ritmo, piel y sentido y los aceptamos. Aprendimos el saber y sabor de su música y baile. Fuimos cómplices en la danza.

¿Entonces qué pasó, cuándo dejaron los jóvenes de bailar salsa? La salsa como tal entró a la ciudad-puerto en la década del setenta. La década del sesenta no la conocía. Los del sesenta cantaron la música de los Roll Stone, Beatles, la trova cubana y latinoamericana. Los del sesenta andaban en la onda de la paz, la Revolución cubana, los jipis, la mariguana; pasaban terribles masacres como las de Tlatelolco en México, Mayo del 68 en Francia y la de la Casona en Guayaquil.

Entró la salsa en 1970 y con este género los variables estilos del baile de salón urbano. Los negros siguieron bailando salsa. Guayaquil abrió espacios para los salseros: los primeros fueron los bares de Miguel “Cortijo” Bustamante” y el de “El Cojo” Rigoberto Piedra; después se crea Cabo Rojeño, la Calle 7, Cali Salsoteca y mi Nuevo Son.

Lugares clásicos para la salsa. La Calle 7 dejó de funcionar. El resto sigue en otras direcciones. Cambiaron sus lugares originales. El Jardín de la Salsa es otro centro salsero creado para refuncionalizar el género en Guayaquil.

Pero los jóvenes se abocan al reggaetón. Sus imaginarios se construyen a partir de lo fácil. De la ausencia de valores establecidos en el canon de lo serio. De una sensación cuasi enfermiza del sexo. La salsa tiene estas tres cosas de las que carece el reggaetón: cortesía, seducción y arte. Una extraña y limpia manera de poner visible una erótica corpórea poetizada en la sensibilidad, el ritmo y la piel. En fin, la salsa es otra nota, y los jóvenes ya no quieren saber de ella.

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